domingo, 31 de marzo de 2013

REAJUSTAR LOS RELOJES AL TIEMPO CELESTIAL


Hoy, -día del cambio horario primaveral-, estamos todos algo desorientados. La mayoría hemos comido con poco apetito, si hemos respetado el nuevo horario, o demasiado tarde si nos resistido a cumplirlo. Según los expertos tardaremos algunos días acomodarnos al cambio horario. Al reflexionar sobre este raro día que estamos pasando me ha venido a la memoria un capítulo de “La conducta de la vida” de Lewis Mumford que se titula “Cronología y horología”, término este último referente al arte o ciencia de medir al tiempo. En este apartado del libro que cierra la serie “La Renovación de la Vida”, comentaba una obra poco conocida de Herman Melville, “Pierre o las ambigüedades”. El protagonista de esta novela lleva el curioso nombre de Plotino Plinlimmon, una curiosa caricatura espiritual de Hawthorne y Emerson.
 
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                En “Pierre o las ambigüedades”, Melville trata la relación entre lo absoluto y lo relativo. A partir del personaje de su novela, Melville muestra que en el mundo moderno el tiempo absoluto, -de acuerdo al cómputo de los movimientos planetarios-, se establece por el Observatorio de Greenwich. De modo que  todos los barcos que parten de Londres controlan el reloj de su buque según el tiempo de Greenwich. Pero, una vez que el barco llega, por ejemplo, a China, su capitán descubre una sorprendente discrepancia entre su propio cronómetro de precisión y los relojes locales o de sol. Si el capitán intenta llevar a cabo el trabajo diario según una programación que mantenga el horario de Greenwich, estará durmiendo de día y trabajando mientras sus vecinos chinos están en la cama.
 
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Aplicando esta discrepancia horaria al plano de la conducta ética, Melville llama la atención sobre el hecho de que en cada generación florecen unas pocas almas que procuran orientar sus vidas según el “tiempo celestial”, y tratan de hacerlo absoluto y universal. Estas singulares personas están dispuestas a vender todo lo que tienen y darlo a los pobres, o a poner su mejilla derecha cuando le abofetean la izquierda. Pero, tal y como subraya Melville, la mayoría de los hombres y las mujeres rigen sus vidas por la hora local. Desean alcanzar el cielo antes que dar todo lo que tienen a los pobres; aunque, como Melville irónicamente comenta, les resultará más fácil practicar esta virtud en el cielo, ya que no hay pobres en ese lugar. Desde el presuntuoso punto de vista de la observación del “tiempo local”, es el “tiempo celestial” el que está equivocado.
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                    Herman Melville

                La lección que se puede extraer de la referida novela del genial Herman Melville, según Mumford, es que a la hora de reflexionar sobre nuestros ideales, principios y valores “hay que contar con el hecho de que vivimos en el reino de lo históricamente condicionado, sujetos a presiones y limitaciones ambientales que no pueden ser totalmente dejadas de lado. En otras palabras, el ideal moral es un punto de referencia, no un destino en sí mismo. Mientras que una orientación fija hacia el norte o el sur es fundamental para encontrar el camino a puerto, uno puede tener que virar su barco, ahora hacia el este, ahora al oeste, a fin de avanzar en la dirección principal que uno ha elegido. Por el contrario, si nos marcamos un rumbo fijo hacia el norte o al sur, puede encontrarse al final sólo en un polo perdido. Debemos, por tanto,  guiarnos por la estrella fija del Norte, “no con el fin de alcanzar un norte ideal, sino a fin de encontrar un destino justo”.

Lewis Mumford, haciendo gala de una extraordinaria capacidad para escribir sentencias categóricas, concluye que “no hay virtud que no pueda, en cualquier momento, trastocarse en su opuesta. La humildad, perseguida con demasiada firmeza, puede dar lugar al orgullo”.  Para reforzar esta idea Mumford alude a un antiguo libro sangrado hindú que recoge la siguiente frase: "el bien encuentra a menudo en la bondad a un enemigo a temer”. De igual modo, y si le damos la vuelta a la frase, no hay vicio tan horrendo, ni impulso tan depravado, que el ser humano no pueda arrancar de la profundidad de su alma, creando un bien de otra manera inalcanzable. Esto explica la preferencia de Jesús por los pecadores, en vez de decantarse por el fariseo. Y lo fue no sólo porque el pecador necesita  de manera más urgente ser salvado, sino que, una vez salvado, tal vez llegaría a ser un hombre mejor que su virtuoso rival.
 

En esencia, según Mumford, el bien y el mal son polos opuestos, polos fijos. Pero en la práctica, “son signos algebraicos que indican cantidades positivas o negativas; y cambian los valores como los símbolos de la vida desplazado un lado de la ecuación al otro. ¿No era éste el sentido de Uriel de Emerson: "El mal bendecirá y el hielo quemará"? Estas paradojas y ambigüedades en la vida moral están bien ilustradas por dos ocasiones históricas contrastadas: los acontecimientos que tuvieron en Atenas en la época de Demóstenes y las dramáticas circunstancias que se vivieron en Inglaterra en los días de Churchill. Los atenienses, incapaz de apartarse de su amado modo de vida, se condenaron a sí mismos a la derrota; mientras que la disposición moral para enfrentar el peligro y la muerte trajo vida a los británicos y evitó una larga serie de catástrofes, ocasionadas por su anterior falta de voluntad para enfrentar las duras pruebas a la que tuvieron que hacer frente durante los bombardeos de la aviación alemana.

sábado, 30 de marzo de 2013

LOS LÍMITES DE LA CIUDAD


Lewis Mumford manifestó en su obra “La ciudad en la historia”(1961) que la ciudad presenta un claro límite orgánico a su propio crecimiento. A este respecto,  llamó la atención sobre el hecho de que “muchos urbanistas actuales, no se dan cuenta de que superficie y población no pueden crecer hasta el infinito sin destruir la ciudad o al menos sin imponer un nuevo tipo de organización urbana para la cual se necesita encontrar una forma adecuada a pequeña escala y un esquema general a gran escala”.

Un concepto tradicionalmente utilizado en la ecología es el de la capacidad de carga. Para Virginio Bettini, autor de “Elementos de ecología urbana” (1998), entiende que la capacidad de carga de una ciudad corresponde a la posibilidad que esta presenta para hacer frente “al exceso de presión por parte del hombre: autodepurándose, absorbiendo y reciclando los residuos, restableciendo recursos, manteniendo intactas las calidades no renovables, entre las que también está el bienestar social”. Generalmente, la capacidad de carga suele relacionarse con el número máximo de individuos que un determinado territorio puede sostener.
 
 

La respuesta dada a los problemas del crecimiento urbano de las ciudades occidentales varía de un lugar a otro, en aquellas ocasiones en las que se ha llegado a plantear abiertamente esta delicada cuestión. Un caso paradigmático es el de Nápoles. Esta ciudad, conocida en el mundo entero por sus problemas de inseguridad ciudadana, se planteó hace tiempo un objetivo, con un perfil modesto, pero congruente: devolver a la ciudad a condiciones ordinarias de normalidad y eficacia. Un proyecto basado en recalificaciones urbanas, potenciación de los servicios, recuperación del transporte público, e incremento y tutela rigurosa de las zonas verdes. En definitiva, la tutela de cuanto queda de valor, calidad y recursos que la naturaleza y la historia otorgaron al territorio (Bettini, 1998: 162). Se trata de establecer medidas para preservar los restos que definen la ciudad, dejándolos al margen sine die del desarrollo urbano de las ciudades, sin renunciar por ello al aumento de la calidad de vida mediante la mejora de los servicios públicos.
 
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Pasar por alto la capacidad de carga de una ciudad, superando su umbral máximo, conduce a un rápido aumento de las enfermedades, del malestar urbano, de la congestión y de las tensiones sociales. Alguna ciudad, como es el caso de Bolonia, ha decidido empíricamente un límite a la población y a las instalaciones productivas en su interior (Bettini, 1998: 221). Ya Patrick Geddes, en 1918, comprendió que, una vez alcanzado el óptimo, una ciudad no debe aumentar más en superficie y población. Conviene recordar el dicho de Aristóteles: cualquier forma orgánica posee un límite superior y un límite inferior de crecimiento.
 

El análisis del límite de las ciudades fue abordado por Murray Bookchin, -creador de la llamada “ecología social”-, en un trabajo que coincide con el título de este artículo. No ha sido fácil poder conseguir leer este libro, ya que tan sólo se encuentra algunos pocos ejemplares en la biblioteca de ciertas universidades. Hasta 1978 no se editó en una edición en español de esta obra, nada de extrañar teniendo en cuenta la manifiesta tendencia anarquista en el pensamiento de M. Bookchin. Ni que decir tiene que tras cuarenta años de dictadura franquista, todo lo que sonara a anarquismo era lo mismo que citar al propio diablo. Para desgraciada del ecologismo español, la obra de M.Bookchin, como la de otros autores vinculados al anarquismo (Thoreau, Geddes, Mumford, Howard, Reclus, Kropotkin, etc…), apenas han influido en la formación del discurso ecologista.

Siguiendo la idea de Mumford que define a las ciudades actuales como la “anti-ciudad”, M. Bookchin concluye que la “expansión sin límite es un límite en sí misma, un proceso auto-devorador en el que el contenido es sacrificado a la forma y la realidad a la apariencia”. Esta idea encaja a la perfección con la realidad, o más bien, siguiendo el argumento de M.Bookchin, a la realidad virtual creada desde las administraciones públicas. En España no hemos convertido en maestros de la apariencia: la ciudad se degrada en su urbanismo, pero el centro de las ciudades se galanan con luces, flores y esculturas; el colapso del tráfico es evidente y la solución es construir más aparcamientos y nuevos viales; el núcleo urbano se masifica y como respuesta seguimos densificándolo, sin dotarlo de más espacios libre y verdes; la realidad social se complica ante la falta de perspectiva de empleo, mientras las desigualdades de renta siguen marcando una ruptura en el seno de la sociedad  de imprevisibles consecuencias.
 
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En estos tiempos de crisis económica conviene recordar la relación que estableció M. Bookchin entre el vigente sistema económico capitalista y la degradación de las ciudades. Tal y como subrayó este pensador, “importa poco si la ciudad es fea, si degrada a sus habitantes, si resulta estética, espiritual o físicamente tolerable. Lo que cuenta es que la operaciones económicas se desarrollen en una escala y con una eficacia capaces de satisfacer el único criterio burgués de supervivencia: el crecimiento económico”.

Para concluir quisiéramos aprovechar la ocasión para suscitar una reflexión general a sobre los límites del crecimiento urbano de nuestras ciudades, pues como apuntaba hace más de treinta año M.Bookchin, “el mundo natural plantea su propio límite ecológico decisivo: un límite del que quizá nadie se apercibirá hasta que el daño sea irreparable y la recuperación de una ecología equilibrada imposible”.

viernes, 29 de marzo de 2013

LA CIUDAD: PÁRAMO ESTÉTICO Y SOCIAL


Comentaba con acierto Patricia de Souza Brazo que las actuales ciudades, desde el punto de vista físico, debido a sus paisajes uniformes y su casi total ausencia de elementos naturales, inhiben la capacidad creativa del ser humano. Sin embargo, desde el punto de social, las posibilidades de creación son mucho más amplias. Como siempre, en el equilibrio radica la clave del éxito o el fracaso de las ciudades. Pero antes de hacer una breve disquisición sobre los aspectos estéticos de las ciudades, conviene aclarar qué entendemos por ciudad.

Una de las mejores definiciones del concepto de ciudad la podemos encontrar en un breve artículo de Lewis Mumford, titulado “What is a City?” (The City Reader,1966). Para Mumford, “la ciudad es una colección relacionada de grupos primarios y asociaciones propositivas: los primeros, como la familia y los vecinos, son comunes a todas las comunidades, mientras que los segundos son especialmente característicos de la vida en las ciudades. Estos variados grupos se mantienen ellos mismos a través de las organizaciones económicas que son más o menos colectivas, o al menos reguladas de manera pública, y están alojados en estructuras permanentes, en el seno de un área relativamente limitada. Los recursos físicos esenciales de la existencia de una ciudad son el sitio fijo, el alojamiento duradero, las facilidades permanentes para el encuentro, el intercambio, y el almacenaje; los recursos sociales esenciales son la división social del trabajo, la cual no atiende simplemente a la vida económica sino a los procesos culturales. La ciudad en su completo sentido, entonces, es un plexo geográfico, una organización económica, un proceso institucional, un teatro de acción social, y un símbolo estético de la unidad colectiva. La ciudad fomenta el arte y es arte; la ciudad crea el teatro y es el teatro. Es en la ciudad, la ciudad como teatro, donde las más propositivas actividades del hombre se centran y elaboran, -a través del conflicto y la cooperación-, las personalidades, los eventos, los grupos, en unas más significativas culminaciones”.
 
 

Una de las más importantes conclusiones que se puede obtener de este concepto de ciudad es que “los hechos sociales son lo principal, y la organización física de la ciudad, sus industrias y sus mercados, sus líneas de comunicación y tráfico, debe estar subordinadas a sus necesidades sociales”. Por desgracia, a lo largo de la historia son escasos los ejemplos en los que se ha priorizado los aspectos sociales en las ciudades. Tenemos que retrotraernos a la Atenas de Sófocles y Sócrates para encontrar la cristalización del modelo ideal de ciudad encarnado por un nuevo tipo de ciudadano caracterizado por la integridad, el equilibrio, la simetría y la autodisciplina. Esta forma ideal apenas se mantuvo una generación, y no volveremos a encontrarla, siempre de manera aproximada, hasta otros momentos puntuales de la historia como la Florencia de Dante o la Venecia del siglo XV. A Sócrates y Sófocles vinieron a sustituirlos una visión distinta de la ciudad, la que representaron Platón y Pericles. A partir de este momento, los edificios empezaron a ocupar el lugar de las personas. Tal y como relata Mumford en su obra cumbre “La ciudad en la historia”, tras los grandes monumentos de la Grecia clásica, se oculta una exaltación de yo colectivo y de la personalidad del propio Pericles. De este modo, se dio un fenómeno que se ha repetido en multitud de ocasiones en el desarrollo de las ciudades: la sólida estructura física ocultaba la podredumbre moral que había tras ella.

 

En el amplio estudio que hizo Mumford sobre la evolución de la arquitectura y del urbanismo, llamó la atención sobre lo que considera “una de las más enigmáticas contradicciones del desarrollo humano, a saber, las tantas veces reiterada falta de armonía, por no decir de duro conflicto, entre el orden estético y el orden moral”. Lo que descubrió Mumford como una constante en la historia de las ciudades es que a medida que la vida de la ciudad se desintegraba, su aspecto exterior tendía a ofrecer un grado mucho más elevado de orden formal y coherencia. Así pues, en palabras de Mumford, “con excesiva frecuencia, la envoltura física refinada es la expresión definitiva de un organismo cívico frustrado y debilitado espiritualmente”.
 
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 Hemos perdido de vista que la función principal de la ciudad es facilitar las relaciones personales: es decir, permitir –y, por supuesto, alentar-, tal y como comentó Lewis Mumford, “el mayor número posible de encuentros, reuniones y coincidencias entre los más diversos grupos y personas, proporcionando, por decirlo así, el ambiente y escenario en que se desarrollará el drama (o comedia, o sainete) de la vida social, como actores, más que como meros espectadores de la realidad. La función social de los espacios abiertos de la ciudad es reunir a la gente”. La ciudad no se hace en el interior de las viviendas, sino en las calles y en los espacios públicos.
A nuestro alcance está iniciar una nueva etapa, como la expuesta por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”, que tenga como meta la búsqueda del equilibrio humano mediante la puesta a disposición de los ciudadanos de un entorno igualmente equilibrado entre lo construido y lo natural, que contenga los ingredientes fundamentales para una vida plena y rica.
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EL MUNDO BIDIMENSIONAL

Durante una visita a Nueva York, Albert Einstein mantuvo una conversación con Waldo Frank en la que el sabio físico le confesó la impresión que le había causada la Gran Manzana: “esto parece una tierra de solo dos dimensiones”.  La ciudad que representa el poder capitalista era percibida por Einstein, desde su agua visión científica, como un mundo que no tenía más que superficie. En palabras de Frank, “su energía va siempre encaminada a formar fronteras de la acción, sin profundizar nunca, sin convertir nunca lo conquistado en tercera dimensión”. Esta inteligente observación es más clara ahora que cuando fue escrita hace más de setenta años. Todo hoy día se queda en la superficie. No hay más que echarle un vistazo a lo que se publica en los medios de comunicación, leer los comentarios simplistas que se repiten hasta la saciedad en las redes sociales, escuchar los absurdos y superficiales análisis de políticos y “expertos”, ver los idiotizantes programas de la televisión, etc….
 
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Incluso en ciertos dominios en los que se sobreentiende debe estar presente las tres dimensiones básicas de la realidad, como  en la arquitectura, nos damos de bruces contra esta mutilada percepción del mundo. En la mayoría de las ciudades en la que se ha impuesto el denominado “Estilo Internacional”, la arquitectura, según Waldo Frank, “es plana, no tiene fondo, y, como consecuencia, hace ante la mirada inteligente el efecto de algo etéreo e ilusorio. Puede representar el poder, que es capaz de proyectar múltiples cosas de dos dimensiones, pero que no es capaz de crear ese fondo en el cual comienza la vida real: “la tercera dimensión”, que en otro lenguaje se llama “conciencia” o “espíritu”.

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                Las dos dimensiones en la que se representa el melodrama actual son la dimensión grupo y la ego-somática, mientras la dimensión cósmica ha sido relegada a un papel secundario, cuando no ha quedado completamente fuera del guión. De las distintas posibilidades de conjunción de las tres dimensiones del yo, la predominante en nuestro tiempo  es aquella en la que la dimensión del ego dirige, produciendo el ego colectivo del rebaño, bien imaginándose que es cósmica, o bien suprimiendo lo cósmico. El  ser egocéntrico se ha convertido en el protagonista exclusivo de este melodrama, cuyo desenlace anuncia que acabará en tragedia.
 
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                La paradoja de la época  en la que nos ha tocado vivir es que, mientras a nuestros hogares llegan las pantallas de visión tridimensional, nuestro mundo interno y externo ha quedado reducido a dos dimensiones y, si no hacemos un gran esfuerzo en la dura tarea de la sociointegación y la psicointegración, estaremos condenados a vivir en un mundo de una sola dimensión, en la de nuestro engrandecido ego.
 
 

jueves, 28 de marzo de 2013

HIJOS E HIJAS DE LAS FLORES


En  la historia de la aparición de la vida en nuestro planeta tuvo lugar, hace varias decenas de millones de años, un punto de inflexión. La era de los reptiles dio paso a la de los mamíferos. Esta era de los mamíferos se vio acompañada de una explosión de flores. Según Mumford, este estallido floral no fue un mero mecanismo ingenioso para respaldar la reproducción, sino que las flores asumieron una variedad de formas y colores que en la mayoría  de los casos no puede explicarse por su valor en la lucha por la supervivencia. Tal florecimiento constituye un ejemplo de la irrefrenable creatividad de la naturaleza. Todo esto sucedió mucho antes de que el hombre apareciera y fuese desarrollando conciencia de la belleza y su deseo de cultivarla. La condición del hombre fue alterándose progresivamente, con su cada vez mayor sensibilidad a la vista, al tacto y al olor de la flora circundante. En este sentido, todos somos hijos de las flores.

El deseo del  cultivar las plantas se convirtió en una necesidad vital para el hombre y  la razón de su éxito como especie. En el huerto y el jardín, un mundo en que la vida prosperaba sin grandes esfuerzos ni matanzas sistemáticas, el hombre tuvo sus primeros atisbos del paraíso, pues paraíso no es más que el término persa original para un jardín vallado. Nuestras ciudades, con sus calles asfaltadas, el incesante ruido y el continuo trasiego de vehículos esta ausentes de las gratificaciones humanas que nos aporta el aroma de una flor o una hierba, el vuelo o la canción de un pájaro, el resplandor de una sonrisa o el cálido roce de una mano.
 
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lunes, 25 de marzo de 2013

MEDIOS PARA LLEGAR AL AUTOCONOCIMIENTO

En otras ocasiones me he hecho eco de la exhortación de Mumford para que dediquemos una parte significativa de nuestro tiempo al autoexamen y al autoconocimiento. Mumford no fue muy explícito en cuando a los medios para alcanzar estos fines. Su buen amigo Waldo Frank fue bastante más claro y nos dejo por escrito, en su obra “América Hispana”, un breve decálogo de los medios para llegar al conocimiento propio:

1.- La contemplación y la meditación en horas de soledad y por medio de una técnica psicológica personal.

2.- La dedicación a las artes por el placer personal o comunal, pero sin la desviación intencionada de sus formas y sustancias hacia propósitos sociales.

3.- El estudio del pasado –la historia, la arqueología, la filología, etc.., sin el afán de querer probar un programa contemporáneo.

4.- La purificación y la honda sumersión del yo por el ejercicio de su actitud mística.
 
 
" Medite al atardecer, mirando las estrellas y acariciando a su perro, es un remedio infalible. ", Ralph Waldo Emerson.
 

sábado, 23 de marzo de 2013

REFLEXIONES SOBRE EL PROYECTO DE REVOLUCIÓN INTEGRAL


Un compañero y amigo publicó ayer en este grupo de reflexión el “llamamiento a construir un espacio político e ideológico internacional”. No conocía este documento, pero sí la amplia información disponible en el espacio web que los promotores de esta iniciativa han creado para difundir este proyecto (http://integrarevolucio.net/es/).  De la lectura del documento en cuestión y de los otros textos consultados he llegado a la conclusión de que se trata de una iniciativa digna de elogio y apoyo. Un proyecto indispensable para superar la crisis multidimensional que nos azota. Su principal virtud es que contempla las dos principales dimensiones de la crisis, la interna y la externa, por lo que tiene bien ganado el apelativo de integral.

            Desde los años 70, coincidiendo con el fin de los llamados “treinta años gloriosos del capitalismo” que se iniciaron tras la Segunda Guerra Mundial, surgieron con fuerza importantes movimientos cívicos (ecologismo, feminismo, defensa de los consumidores, antimilitarismo, etc…). Todos estos grupos han desarrollado una labor intensa y sus logros han sido destacados. Sin embargo, no han conseguido acabar con el modelo económico que sustenta todo el entramado social, económico y financiero que ha conducido a una profunda crisis civilizatoria. Sus éxitos han sido parciales, como también lo ha sido su visión del problema y la estrategia para combatirlo.

Echando mano de una metáfora pictórica, los pintores del cuadro de la situación mundial han situado su caballete en los cómodos miradores acondicionados por el sistema, cuando lo que era necesario para obtener una imagen completa del panorama mundial pasaba por ascender hasta la cima de la montaña. Solo desde la cúspide es posible obtener un imagen completa del paisaje que nos proponemos transformar y recultivar con semillas que hagan florecer un nuevo tipo de hombre y de sociedad. Pero, claro, no todos han tenido la fortuna o la suficiente decisión para escalar por las escarpadas paredes del pensamiento y llegar a la cumbre. Desgraciadamente, la mayoría de la gente se acomoda en las placidas llanuras del confort físico y el conformismo. Ni siquiera se han tomado el mínimo esfuerzo para subir a los miradores situados a pie del valle. El simple gesto conducente a la elevación mental y moral les marea por la falta de práctica.

Son pocos, por tanto, quienes han conseguido llegar a la cima, sirviéndose de las exhaustivas descripciones y detallados planos que nos han legado los gigantes del pensamiento que ha dado la humanidad. Pero alcanzar la cumbre no es garantía de éxito en la ardua tarea de transformar el complejo mundo en el que nos ha tocado vivir. De sobra son conocidos los males asociados a las alturas. No debemos olvidar, como nos recordó Chesterton, que “la humildad es madre de gigantes. Uno ve grandes cosas desde el valle y sólo pequeñas cosas desde la cima”. Si olvidamos esta idea puede ocurrirnos como el protagonista de una de sus historias del padre Brown, “una buena persona que cometió un terrible crimen. Pensó que dependía de él juzgar al mundo y castigar al pecador. Si hubiese estado arrodillado en el suelo con los demás, jamás se le habría ocurrido tal cosa, pero desde lo alto del campanario vio a los hombres paseándose como insectos y sobre todo vio pasar a uno, insolente y llamativo con un sombrero verde: un insecto venenoso”. Quiero decir con esto que no podemos caer en la prepotencia y la arrogancia, sintiéndonos como los dioses del Olimpo.

Que lleguen a la cima solo un pequeño grupo de elegidos no es solución a los retos a los que hoy día se enfrenta la humanidad. Durante un tiempo resultará reconfortante compartir una bella panorámica del mundo y departir con iguales en madurez personal e intelectual. Pero pronto llegaría el hastío y la desesperanza al ver que nuestras voces no llegan al valle y son devueltas por la montaña en forma de ensordecedor y estéril eco. Esta fase de retiro en la cumbre del promontorio, -necesaria para la reflexión, la simplificación y la liberación de los automatismos-, debe contemplarse como un paso preliminar en la reconstrucción de la personalidad y la renovación de la sociedad de la que formamos parte. Estos actos iniciales pueden y deben ser adoptados por cada uno de nosotros en solitario, ya que el propósito de este  retiro voluntario, de nuestro ayuno y purificación, es despertar el apetito por la vida.

Una vez que hayamos emprendido los pasos preparatorios tenemos que retornar al grupo y volver a unirnos con los que han experimentado una regeneración similar y son por ello capaces de asumir la responsabilidad y tomar  parte en la acción. Nuestra participación en el grupo no puede ser pasiva. No es suficiente pertenecer o simpatizar con el movimiento para la “Revolución Integral”. El éxito del proyecto será posible si todos estamos preparados, según las circunstancias, a tomar nuestro turno en cualquiera de las funciones del grupo: coordinar, pensar, emocionar, excitar, asimilar, etc...

La iniciativa para la Revolución Integral sobrevivirá si cada uno de nosotros dedicamos una apreciable parte de nuestra vida a la promoción de su existencia. Tal y como comenta Lewis Mumford en “la conducta de la vida”, “todo grupo, al igual que toda persona, debe ser cada vez más autónomo y autodesarrollado, marcando una clara ruptura con los actuales controles políticos y económicos”. Según Mumford, a través del propio acto de recuperar la iniciativa y ampliar sus actividades, incluso el más pequeño grupo, mediante una preocupación constante por su continuidad, contribuye a promover  una cooperación más universal.

Ningún grupo vive para sí mismo. Para crear a un ser humano de verdaderas dimensiones humanas se necesita la cooperación de una sociedad con vocación universal. De igual modo, para crear una sociedad universal, debemos contar con hombres y mujeres que busquen la plenitud de la vida, que se nieguen a ser fracciones insignificantes y aspiren, por el contario, a convertirse en ser íntegros. Estos son dos aspectos del mismo acto; y con ese acto, un nuevo mundo llegará a ser posible.

Para el hombre y la mujer despierta, la propia vida es esencialmente un proceso de educación, realizado a través de la maduración, la crisis, y la renovación. Merced a este proceso educativo  emergen las más plenas potencialidades de la comunidad y de  la persona. Esta filosofía no segrega el aprendizaje de la vida, o el conocimiento de la acción. El ser humano del que estamos hablamos nunca abandona la “escuela”, porque en ningún momento cree que haya completado su educación. Este es, desde mi punto de vista, el único medio eficaz para constituir un cuerpo social orgánico en el que cada uno de sus miembros han desarrollado al máximo su capacidad de equilibrio, universalidad y totalidad. Este último aspecto es fundamental para alcanzar el éxito en una empresa de cambio social como la que pretende el bloque para la revolución integral. Cada uno de nosotros, como las células de un organismo biológico, debe poseer las capacidades y los conocimientos para llevar a cabo cualquiera de las funciones necesarias para la supervivencia del grupo, aunque desarrolle  alguna en particular. Tales conocimientos y destrezas, a diferencia de las células, no son inconscientes, sino que deben adquirirse a través de la paideia o la educación.

Tal y como nos recuerda Werner Jaeger en su estudio “Paideia: los ideales de la cultura griega”, “la democracia, con su apreciación optimista de la capacidad del ser humano para gobernarse a sí mismo, presuponía un alto nivel de cultura. Esto sugería la idea de hacer de la educación el punto de Arquímedes en que era necesario apoyarse para mover el mundo político”. Las ideas de Jaeger sobre la paideia fueron resumidas por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”. Según la lectura que hace Mumford de este término, la paideia, -tarea que debe de convertirse en la principal de la vida del hombre democrático-, “es la educación mirada como una transformación de la personalidad humana que dura toda la vida, y en la cual todos los aspectos de ella desempeñan un papel. A diferencia de la educación en el sentido tradicional, la paideia no se limita a procesos de aprendizaje consciente, ni a iniciar a los jóvenes en la herencia social de la comunidad. La paideia es más bien la tarea de dar forma al acto mismo de vivir, tratando toda ocasión de la vida como un medio para hacerse a sí mismo, y como parte de un proceso más amplio de conversión de hechos en valores, procesos en finalidades, esperanzas y planes en consumaciones y realizaciones. La paideia no es únicamente un aprendizaje: es un hacer y un formar, y la obra de arte perseguida por la paideia es el ser humano mismo”.
 
 

martes, 19 de marzo de 2013

EL CULTO DEL CONFORT

          En su obra “El redescubrimiento de América”, Waldo Frank, después de describir los dioses y cultos del poder, incluyó un capítulo titulado “Vivamos confortablemente”. Las ideas que allí expone han estado  flotando en mi mente hasta que han encontrado otros pensamientos análogos de cuya unión ha brotado una explicación razonable a algunos fenómenos tan característicos de nuestro tiempo como el individualismo, el parasitismo y el infantilismo. El elemento aglutinante de las ideas que pululan por uno de los rincones de mi mente, donde la corriente del pensamiento las ha arrastrado, es el poder. Según Frank, parte inseparable de toda vida dedicada al poder es el culto del confort.

El confort, en sus orígenes, fue un medio para contrarrestar el cansancio provocado por las duras jornadas de trabajo de las personas dedicadas a la explotación y cultivo de los recursos naturales. No tardó demasiado tiempo en convertirse en un fin en sí mismo y un valor en alza. Si el poder fue una estrategia para hacer frente a las difíciles condiciones de un medio natural y cultural hostil, pronto se dirigió de manera exclusiva a la satisfacción del deseo de confort. Waldo Frank compara este proceso a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. En opinión de este pensador, al igual que la energía del movimiento posee la tendencia dominante a convertirse en calor, “en el hombre, la energía del poder fluye hacia la necesidad del confort. Esta entropía psicológica no puede ser revertida. El poder, con sus grados de cansancio, esterilidad, vacuidad interior y pasividad, se orienta hacia el anhelo de confort. Más dicho anhelo no produce nuevo poder. El hijo del hombre dotado de poder es con frecuencia un buscador de confort; pero la consecuencia de su culto ya no será el poder”.  Como consecuencia de este fenómeno entrópico, “el poder acabará, pues, por criar una raza tan impotente que carezca hasta de los medios para buscar el confort”. Y esto es precisamente lo que está sucediendo.
 
 
                                 Cuando el confort era un anhelo natural

En el libro “El pentágono del poder”, Lewis Mumford dedica un apartado, -desde su visión organicista-, a los dos modos básicos de interrelación que se dan en la naturaleza: el parasitismo y la simbiosis. En el capítulo titulado “la amenaza del parasitismo” advierte que el sistema capitalista se mantiene en buena parte gracias a una serie de sobornos, en forma de seguridad, aparente prosperidad y aumento del ocio, que tiene como correlato el incremento de las formas de parasitismo. El soborno del que habla Mumford es aquel por el cual la megatécnica, a cambio de su aceptación incondicional, aporta a sus beneficiarios una vida sin esfuerzos, una vida confortable, a partir del disfrute de “una plétora de mercancías prefabricadas, obtenidas mediante un mínimo de actividad física, sin sufrir dolorosos conflictos ni penalidades: la vida pagada a plazos, por así decir, pero con una tarjeta de crédito sin fondos, y con una cláusula final –la náusea existencial y la desesperación- que solo podrá leerse en la letra pequeña”.

Para acreditar sus comentarios sobre el parasitismo Mumford aludía en su obra a los estudios pioneros de Curt P. Richter, iniciador de los estudios sobre los ritmos biológicos y padre de la Psiconeuroendocrinología. Richter comparó las características de la domesticación de las ratas con las que produce el “Estado de Bienestar”: excesos en la alimentación, ausencia de situaciones peligrosas, confort doméstico, acondicionamiento del clima, etc. A partir de sus estudios científicos percibió unos males semejantes, -de los observados en las ratas-, en una población humana excesivamente protegida. Según relataba Mumford, los estudios Richter apuntaban a una relación estrecha entre la sobreprotección en la “sociedad afluente” (término acuñado por K.Galbraith) y “la incidencia cada vez mayor de la artritis, enfermedades de la piel, diabetes y dolencias circulatorias; mientras que el riesgo de que aparezcan tumores se ha agravado, al parecer debido a una excesiva secreción de hormonas sexuales. No menos llamativo es el agotamiento de la vitalidad y el incremento de desórdenes psíquicos y neuróticos”. Parte de estas observaciones han sido confirmadas por ulteriores trabajos como los de Edward T. Hall, en su obra “la dimensión oculta”.

                                             El investigador Curt P. Richter

Los efectos psíquicos de una vida cada día más tendente a la ausencia de pensamiento, esfuerzo e interés humano son evidentes: el infantilismo o la senilidad prematura. Uno de los más eminentes psicólogos que ha dado la historia, el norteamericano William James, proclamó “que los sufrimientos y las penurias, por lo general, no consiguen mermar el amor a la vida; por el contrario, se diría que acentúan su valor. La fuente suprema de la melancolía es el hartazgo. Lo que nos espolea es la necesidad y la lucha; la hora de nuestro triunfo es la que nos trae el vacío”. Llevado por esta idea, Mumford hizo esta reflexión: “cuando ya no son necesarios ni el esfuerzo físico, ni la tensión, ni el peligro, ni el rigor para ganarse la vida, ¿Qué es lo que mantendrá sano al hombre moderno?.
 
                                       William James

 Los peligros de la sobreprotección que lleva a cabo el llamado “estado del bienestar” fueron ya percibidos por uno de los primeros y más brillantes analistas políticos, Alexis de Tocqueville. En su conocido libro “la democracia en América”, incluyó el siguiente comentario sobre el Estado: “...por encima se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue mas objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia (el subrayado es nuestro); este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Se esfuerza con gusto en hacerlos felices, pero en esta tarea quiere ser el único agente y el juez exclusivo; provee medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias, ¿no podría librarles por entero de la molestia de pensar y del trabajo de vivir?”.
 

                                                    Alexis de Tocqueville

Autores actuales como Feliz Rodrigo Mora, en su “Giro estatolátrico. Repudio experiencial del Estado de bienestar”, son extremadamente críticos con los sobornos que nos prestan la tecnología y los estados a cambio de fomentar la desintegración moral y la apatía general en la sociedad. Todo indica que hemos perdido de vista que “si el interés suscita el esfuerzo, el esfuerzo estimula a su vez el interés” (Mumford dixit). Así que no podemos menos que escandalizarnos cuando lejos de fomentar la cultura del esfuerzo entre nuestros conciudadanos, tanto jóvenes como adultos, el Estado ejerce un paternalismo de consecuencias atroces para la propia salud física y psicológica de sus “beneficiarios”.
 
 

La ansiosa búsqueda del confort, promovida y alentada por el capitalismo, en su interés de hacer crecer la economía mediante el fomento del consumismo, ha sido clave para el reforzamiento del sentimiento individualista. Hasta mediados del pasado siglo, según describe Eric Hobsbawm en su magnífica “Historia del siglo XX”, el “nosotros” predominaba sobre el “yo”. Y en parte era así por la falta de confort. Según narra este enorme historiador, “la vida de la clase trabajadora tenía que ser en gran parte pública, por culpa de lo inadecuado de los espacios privados…Los amas de casa participaban en la vida pública del mercado, la calle y los parques vecinos. Los niños tenían que jugar en la calle o en el parque. Los jóvenes tenían que bailar y cortejarse en público. Los hombres hacían vida social en “locales públicos”. 

                                                   Eric Hobsbawn

            La irrupción de la televisión en el hogar, en opinión de Hobsbawn, “hizo innecesario ir al campo de fútbol, del mismo que la televisión y el video han hecho innecesario ir al cine, o el teléfono ir a cotillear con las amigas en la plaza o en el mercado”. De modo que  “la prosperidad y la privatización de la existencia separaron lo que la pobreza y el colectivismo de los espacios públicos habían unido”. Este divorcio con el espacio público, tanto en el sentido figurado como en el físico,  ha derivado en una relación irreconciliable. La pereza domina nuestra vida pública y privada. Rehuimos cualquier llamada a la acción. Tal y como dejó por escrito Lewis Mumford en “Técnica y Civilización”, “demasiado aburrida para pensar, la gente leía; demasiado cansada para leer, podía ir al cine; incapaces de ir al cine, podían encender la radio”. Hoy día, son muchos los hogares que tienen varios televisores en la casa, conexión de Internet y un móvil para cada uno de los miembros de la familia. Es cierto que no todos gozan de esto privilegios, pero sí es la aspiración general de todos los miembros sociedad.  Contando con todas estas comodidades en el hogar, ¿A quién le apetece salir a una asamblea ciudadana o, simplemente, ir al parque con los niños?. Uno de los pocos motivos que movían a la gente a salir era hacer la compra y hasta esto se puede hacer ya por Internet. ¿A dónde nos conduce este paraíso del confort?.


            Llegados a este punto, tenemos que cuestionarnos si nuestro anhelo de confort consigue el confort que tanto ansiamos. Desde luego, no parece que lo consigan todos los artilugios que el mercado nos incita a adquirir de manera compulsiva. Al menos no el confort interno. Si, como lo define Waldo Frank, el confort es una armonía entre las fuerzas del cuerpo y las del exterior, una armonía sentida, esto significa que el factor determinante reside dentro del hombre. En palabras del propio W.Frank, “la condición esencial para conseguir confort es tener el freno en nosotros mismo”. A modo de ejemplo, comentaba este pensador norteamericano, que “un hombre que habite en un cuarto del Hotel Ritz no podrá sentirse confortable si le duelen las muelas; en cambio, con los nervios en equilibrio puede sentirse confortable en un granero…”. Tomando como referencia esta definición y su ejemplo demostrativo, todos deberíamos tener claro que “no se puede conseguir el confort mediante aplicaciones prácticas, y cuanto más complejas sean las fuerzas externas que nos acosan, tanto más fuerte tiene que ser el freno interno que asimile dichas fuerzas y las armonice en este ritmo subjetivo que es el confort”.

            Si de verdad queremos alcanzar el confort no nos queda más remedio que cambiar de camino. Un camino que solo es posible transitar si somos capaces de desarrollar la capacidad de autocontrol, autoexamen y autoconocimiento. Tenemos que ampliar nuestro sentido de la compresión, cuyos medios más eficaces son la literatura, el arte,  el ocio estudioso, todas aquellas actividades capaces de satisfacer las necesidades superiores del ser humano. Gracias a estos medios puede el hombre, según Frank, “contemplarse a sí mismo y contemplar su relación con el todo de la vida, que le dota de la sabiduría suficiente para equilibrar las fuerzas hostiles”. Unos medios a los que debemos exigir que se adapten al sentido de la verdad y de la totalidad, y no limitarse, como hacen ahora, a calmar nuestros nervios o nuestra vanidad.

viernes, 15 de marzo de 2013

EL ETERNO CONFLICTO: ORGANICISMO VERSUS MECANICISMO


Desde hace tiempo no hago otra cosa que darle vueltas a una serie de ideas que rondan por mi cabeza. Son como las piezas de un puzzle que,  si eres capaz de encajarlas, obtienes una preciosa imagen. Durante breves instantes vislumbré el puzzle montado y experimenté una agradable sensación de bienestar. Intuyo que la imagen obtenida es de calidad y puede resultar útil para dar respuesta a los importantes retos individuales y colectivos a los que hoy día nos enfrentamos.  Las piezas son complejas y la distinción entre algunas de ellas es difícil. Sólo unas pocas contienen elementos reconocibles, palabras sueltas que quieren formar una frase cargada de sentido. Términos como organismo, mecanicismo, organización, 15M, democracia, política,…, son las piezas claves del puzzle y una metáfora en sí misma de la idea principal que las une a todas: la relación entre el todo y las partes.
 
 

            Atascado en el montaje de este complejo puzzle mental decido coger dos piezas que me parecen fundamentales: en el centro de cada pieza figura, respectivamente, la palabra organismo y organización. Las piezas no encajan entre sí, aunque en apariencia son muy similares. Presto más atención y empiezo a desvelar las diferencias. La más notable es que, según Waldo Frank, “en el organismo, unidad y vida unificadora están en todas partes, infusas en todos sus elementos”. Mientras que “en una organización, la unidad se impone racionalmente en sus componentes y permanece exterior a su naturaleza intrínseca”. Pongamos un ejemplo para ver más claras las diferencias. Un organismo sería el propio ser humano: su vida está en todas sus partes. Sin embargo, en una empresa comercial, existe un pequeño y limitado grupo de personas, los jefes, que la dirigen y, por tanto, su unidad viva no recae en sus trabajadores.

            Lo más curioso de ambas piezas, y de ahí la dificultad a la hora de montar el puzle, es su carácter dual. Depende de la orientación que le des a la pieza pasa de organización a organismo, o viceversa. Ejemplo de la primera posibilidad, es decir, de la conversión de una organización en organismo, y tomando como referencia el caso anterior de la empresa comercial, puede suceder que los trabajadores vayan más allá o se le permita implicarse en la dirección del negocio en el que prestan su servicio a cambio de un salario, identificando la empresa consigo mismo y relacionándola con la que sociedad en la que se encuentran insertos. Cuando sucede esto, la organización llega a convertirse en un organismo. Pero puede suceder, como es más frecuente, que un grupo de organismos, el propio ser humano sin ir más lejos, devenga en una organización mecanicista, de los que podríamos citar innumerables ejemplos: los ejércitos, las densas burocracias públicas, los partidos políticos, etc…

            La diferencia entre una organización y un organismo es muy sutil. Retomando a la metáfora del puzzle, la diferencia es apenas apreciable entre las piezas. Incluso un mismo grupo puede comportarse algunas veces como organismo y otras como organización. Waldo Frank ponía en su obra “El redescubrimiento del hombre”, el ejemplo de un equipo profesional de beisbol. Según Frank, el equipo actúa como organización “en cuanto los hombres que juegan tienen objetivos e impulsos que el equipo no expresa íntegramente”. Por el contrario, operan como organismo “en cuanto los jugadores llegan a absorberse espontánea y apasionadamente en vencer en un encuentro determinado”.
 
                                                     Waldo Frank
 

            Llevada a un terreno menos profano, el de la historia, Waldo Frank describe a la Polis de Grecia como paradigma de un organismo, y a la Roma imperial como organización arquetípica, “una organización de organismo cuya sangre gradualmente agotó”. La antigua Roma fue, desde este punto de vista, una pesada maquinaria de poder que anulaba cualquier forma de organismo. Incluso cuando el estado romano adoptó el cristianismo como religión del Estado, traicionó o persiguió el espíritu orgánico de las primeras comunidades cristianos utilizando estrictos métodos de organización. La Iglesia, como institución heredera del jerarquizado, hiper-organizado y poderoso estado romano, tuvo un papel  clave, tal y como han demostrado Lewis Mumford y el citado Waldo Frank, en la aparición de la máquina y formas opresoras del colectivismo (capitalismo, comunismo, fascismo, etc…). Cualquier persona conocedora de este fenómeno no debería de extrañarse del apoyo que la iglesia siempre ha mostrado a las instituciones políticas, económicas y sociales  más poderosas, que comparten con ella su voluntad organizada.

            El ser humano parece tener inserto en sus genes un rechazo a toda forma de organización oprimente, la libertad. Al igual que sucede en la naturaleza, el gen de la libertad puede sufrir alteraciones y provocar graves enfermedades en el cuerpo individual y colectivo. Siguiendo esta idea de marcado carácter organicista, Waldo Frank apuntaba que “el cuerpo, como un todo, debe constantemente desempeñar su parte dentro del “argumento” de las relaciones, pero los actores son partes específicas del cuerpo”. Ningún órgano del cuerpo humano actúa de manera independiente y con un objetivo individualista, son medios; el fin es el mantenimiento de la vida. Así el estómago, decía Waldo Frank, “crea alimento no solamente para el estómago, sino para todo el cuerpo; los órganos sexuales propagan toda la vida del cuerpo; la vista, el olfato, el tacto, etcétera, efectúan la acomodación completa del cuerpo a su ambiente”.

            Lo indicado para el cuerpo individual, como ser vital y orgánico, es, -en opinión de Waldo Frank-, también cierto para el cuerpo social. “Las unidades particulares de hombres y mujeres dentro del grupo desempeñan los actos de sus relaciones funcionales como un todo con la naturaleza y con otros grupos humanos. Así como existe una constante relación entre la supervivencia del hombre y la actividad de los constituyentes de su cuerpo, así también existe una relación entre la supervivencia del cuerpo colectivo del hombre y los papeles especiales de sus constituyentes: el agricultor, el trabajador, el soldado, el sacerdote, el político. Y eso puede parecer que cubre toda la historia de la  humanidad”.

            Después de mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, he llegado a la misma conclusión a la que llegaron Lewis Mumford y su colega Waldo Frank: uno de los asuntos claves en la humanidad y en su modo de organización como sociedad es el eterno conflicto en la visión mecánica y la visión orgánica de la existencia humana y todo lo que con ella se relaciona. La primera de las visiones se relaciona con la máquina, la segunda con la naturaleza. Cada día este eterno conflicto entre mecanicismo y organicismo se aprecia con más claridad. El escenario donde se libra la batalla entre mecanicista y organicista ha sido y es de lo más variado. En arquitectura, Frank Lloyd Wright y Antoni Gaudí frente a Le Corbusier y los representantes del llamado “Estilo Internacional”; en la música, Mozart frente a la música electrónica; el cerebro frente a la inteligencia artificial; el proyecto educativo de Dewey frente a los postulados de Comenius; la pintura de Goya frente a los cuadros de Andy Warhol; la medicina natural frente a la institucional, etc…
 
                                          Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright
 

            El resultado del conflicto que dirimen organicista y mecanicista cobra especial relevancia en el plano del poder político y económico. Desde la democracia orgánica que surgió en la Atenas clásica hasta la oligarquía mecanicista de hoy han pasado muchos siglos de abierto enfrentamiento entre dos visiones contrapuestas de la naturaleza humana en el sentido individual y colectivo. No cabe duda que la cosmovisión mecánica viene siendo la predominante desde al menos el siglo XVI y su influencia no ha dejado de acrecentarse. Según se ha ido imponiendo la visión mecánica, la condición humana ha experimentado un notorio deterioro. Hemos perdido nuestra conexión orgánica con el todo, que no es otra cosa que la propia tierra y la amplia ecúmene que la ocupa.  La disolución de los lazos que nos unen con el planeta y con nuestra propia especie nos ha conducido a dos procesos paralelos: la sociodesintegración y la psicodesintegración.

El reto que tenemos ante nosotros, la revolución esperada, es el triunfo de la visión orgánica. Este momento llegará, según Waldo Frank, cuando el hombre, “que durante dilatadas épocas ha empleado todos sus órganos individuales y colectivos para el bienestar del yo, empíricamente considerado, aprenda que este yo, así cuidado y así servido, pierde su salud: que por su bienestar debe esforzarse en ser un integrador dentro de un todo metafísicamente fuera de él”. En resumidas cuentas, nuestra misión futura consiste en la reordenación de los tres componentes del yo: el ego social, el ego somático y el yo cósmico. Este último, el espíritu, con capacidad infinita para elevarse, tiene que ocupar el lugar central, hoy día monopolizado por el ego somático, dando lugar al egoísmo e individualismo reinante. Este proceso de reacondicionamiento interno está todavía en sus primeras etapas y aparece fugazmente en ocasiones puntuales que calificamos de “revolucionarias”.

Cornelius Castoriadis llamó la atención sobre el hecho no causal de que “cada vez que se produjeron grandes movimientos revolucionarios o reformadores de la sociedad, en el auténtico sentido del término, comenzaron casi sin excepción con un impulso de restauración o instauración de la democracia directa”. Así ocurrió en América del norte, entre 1770 y 1780, durante la Revolución Francesa, la Comuna de París, en la Hungría de 1956 o, más reciente en el tiempo, con el movimiento 15M, Occupy Wall Street, etc…Todo parece indicar que la tendencia hacia el organicismo es innata en el hombre y surge cada vez que las distintas representaciones del poder ahogan la libertad del hombre. El éxito o fracaso de estos movimientos depende, en última instancia, de la constancia, la voluntad y el esfuerzo de sus integrantes.
 
                                         Lewis Mumford

En un interesante artículo de Daniel Mari Ripa, titulado “¿Por qué partidos y sindicatos no conectan con las personas jóvenes y precarias?” (El Viejo Topo, nº 302, marzo 2013), describe, sin identificarlo como tales, evidentes rasgos de organicismo en el grupo social que analiza, mezclados, eso sí, con evidentes síntomas de individualismo. Nos hemos convertido en seres bipolares. Por un lado, como indica este investigador, “seguimos teniendo la necesidad de construir relaciones con otras personas”, pero ésta se ha vuelto etérea y cambiante, líquida si utilizamos el término acuñado por Zygmunt Bauman. Sentimos un rechazo generalizado a cualquier forma de organización jerarquizada, tipo sindicato, partido político o incluso organización no gubernamental. La militancia parece cosa del pasado. Un término a engrosar el diccionario de arcaísmo de la Real Academia de la Lengua Española. Para Mari Ripa, como expresamente subraya, “el universo 15M no puede reducirse a una organización”. Y no puede hacerse por un motivo que este investigador no termina de identificar y designar con el término correcto. No es una organización porque tiene vocación de organismo. Pero no llega a cuajar por un rasgo que él acertadamente diagnostica: la mayoría de sus integrantes “parecen sumidos en el individualismo del consumo”.

 

Al final de su artículo, Daniel Mari Ripa llega a cuestionarse sobre un aspecto fundamental de este difícil equilibrio en organismo y organización. Resulta evidente, como subrayó Waldo Frank, que “una sociedad de organización acumulada (en el mejor de los casos con grupos residuales en su interior) condena al hombre a ser el inválido que es en la actualidad, a pesar de todo el esplendor de sus máquinas”. Desde su punto de vista, que comparto, “solo los grupos orgánicos pueden establecer un orden social orgánico. Solo las personas (Waldo Frank distingue por su grado de psicointegración entre individuos y personas) pueden constituir grupos orgánicos. Por el contrario, una sociedad organizada destruirá los grupos orgánicos dentro de ella y convertirá a sus personas en mártires”. El modelo que propone Waldo Frank es puramente orgánico, aún indicando las evidentes diferencias entre los procesos biológicos y sociales. Para este enorme pensador, injustamente olvidado, “nuestro norte en la previsión de la sociedad orgánica debe ser la forma de actuar de las células que se desarrollan en el cuerpo viviente. Su método es un profundo misterio. De algún modo, dentro de ellas, está implícito el destino formal de cada parte en el todo,  y del todo; y su destino compartido les hace colaborar”.

 

Existe una ley interna en la naturaleza a la que ningún ser vivo puede escapar. El cuerpo biológico nace, crece, madura y después decae hasta morir. Algunos pensadores, como Oswald Splenger,  cayeron en el error de aplicar este mismo proceso a las sociedades humanas. Como respuesta a esta visión del desarrollo civilizatorio que le llevó a Spengler a escribir su famosa obra “La decadencia de Occidente”, autores como Lewis Mumford o Waldo Frank, defendieron que las comunidades orgánicas presentan una forma parabólica, siempre abierta y cambiante. El término elegido por Mumford para definir este proceso fue el de “equilibrio dinámico”.

La cuestión clave que debemos intentar resolver es cómo podemos conservar en una democracia el poder en manos de los ciudadanos sin que caiga en las garras de una burocracia tentacular dada la complejidad del mundo en el que nos ha tocado vivir. En el plano de la organización territorial de un estado como España, los términos organicismo y mecanicismo son intercambiados por los de federalismo y centralismo. El centralismo parece más eficaz, ya que las decisiones son tomadas por un restringido número de personas, -en las mal llamadas democracias representativas-, y en una sola cuando estamos ante una dictadura. Por el contrario, en las formas de organización territorial descentralizadas, las decisiones tienen que ser negociadas y consensuadas. En un cuerpo biológico, la buena voluntad y la predisposición a la colaboración se consideran inherentes. Nunca se ha visto que un corazón se quiera independizar de su propio cuerpo.

En una nación que quiera tener éxito y no fallecer, cada una de las regiones debería actuar como un órgano, “y así como las células dentro del órgano colaboran para formarlo”, los órganos territoriales que conforman  un determinado país colaboran para formar todo el cuerpo político. De modo que, como señala Waldo Frank, “el cuerpo político, como un todo, nutre a los órganos, a las células, del cuerpo total, alimentando sus partes y distribuyendo el oxígeno de la vida a través del torrente circulatorio”. Soy consciente que el ejemplo elegido puede resultar polémico, ya que la conformación del cuerpo territorial español, como el de muchos otros países, dicta mucho de ser orgánico. La imposición por la fuerza o la coacción queda fuera de los procesos orgánicos, donde los vínculos de relación predominantes son de tipo simbiótico, aunque también se dan ejemplos de parasitismo.

Llegamos a un punto clave, con el que quiero finalizar este esbozo de un trabajo más amplio que estamos realizando sobre el eterno debate entre organicismo y mecanicismo, la cuestión de cómo conseguir personas orgánicas que hagan posible una sociedad de la misma índole. Debemos establecer una metodología para inculcar a cada miembro de la sociedad algún principio similar al de las células en el organismo biológico que, aún siendo una parte del todo, comparten su misión destino y colaboran en su realización. Según Waldo Frank, “en el caso de las células biológicas, el conocimiento organísmico es misterioso y subconsciente. En el de las células sociales, el conocimiento, si bien misterioso, se convierte en consciente”. Necesitamos, por tanto, ser conscientes, en todo momento y lugar, de que somos parte de un todo, de un cosmos, de una naturaleza compartida con el resto de seres vivos, de una comunidad global de seres humanos con un destino común, que deben agruparse de manera orgánica, partiendo de la familia, el vecindario, la ciudad, la región, la nación, la confederación de países hasta llegar a constituirse en una única comunidad humana. Para ello es necesario tener la voluntad para crear la armonía de la integración en la sociedad, cuyo componente básico son personas que han desarrollado la misma capacidad de integración en su ser interno. Un camino del individuo a la persona que requiere despertar en el ser humano su innata tendencia a la comunicación, la comunión y la cooperación, instintos que hoy se encuentran anestesiados por los continuos esfuerzos del complejo del poder que fomenta de manera interesada la desconfianza entre las personas y los grupos sociales.

miércoles, 13 de marzo de 2013

EL PAPA FRANCISCO I


Nada es casual, y menos en la iglesia católica. El nuevo Papa ha elegido el nombre de Francisco I, en clara alusión a Francisco de Asís. Este “Hermano del Camino” reasumió, en opinión de Mumford, la tarea de Jesús.  La labor de desmantelar y dispersar las instituciones humanas y desafiar sus poderosos triunfos. Los principios guías de los franciscanos eran el amor y la pobreza. Buscaban la santidad en el compañerismo y en la servidumbre. 

Se puede decir que la gran realización de Francisco fue el restaurar, en su propia persona, la mutilada imagen de Jesús. Sin embargo, Francisco de Asís no fue capaz de desprenderse de la Iglesia Romana. La institución eclesiástica, el papado, consiguió anular su mensaje, utilizando la estrategia de la integración de los  franciscanos en el complejo entramado institucional de la iglesia. ¿Sucederá lo mismo con Francisco I? ¿Será posible la restauración del mensaje original de Jesús de Nazareth?.
 

lunes, 11 de marzo de 2013

EL AGUA DE LA VIDA

En el itinerario de Al Warrak, escrito en el siglo X, se cita un lugar llamado Ma` Al-Hayat (el agua de la vida). Según el investigador Ahmed Siraj, este sitio esta ubicado al este de la punta de Benzú, entre este punto y la ciudad de Ceuta. En un mapa que acompaña al estudio del profesor Siraj, éste lo sitúa en las inmediaciones del arroyo de Calamocarro. Una tradición relaciona a este lugar con un personaje coránico célebre, Al-Khidr. Según cuentan, Al-Khidr emprendió una expedición, junto a Alejandro el Grande, en la búsqueda de Ma` Al-Hayat, fuente que daba la vida eterna a todos aquellos que la probaban y bebían. Tal es así, que según esta tradición, Al-Khidr, que bebió de esta fuente, aún podría estar vivo.
            Sea o no sea cierta esta leyenda, es innegable la pérdida del sentido espiritual y mágico del agua. Yo comparto el parecer de autores como Iván Illich, quién en su conocida obra “H20 y las aguas del olvido”, se negaba a aceptar que todas las aguas puedan ser reducidas a un compuesto químico, el H20. El agua, cada día más manipulada por el hombre, ha devenido en H20, que es, en palabras de Illich, “una creación social de los tiempos modernos, un recurso escaso que requiere un manejo técnico. Es un fluido manipulado que ha perdido la capacidad de reflejar el agua de los sueños”. Nosotros nos sumamos a la reivindicación de Illich de poder “saciar la sed sin recurrir a H2O entubado, embotellado, desinfectado”. La verdadera agua es la que brota  de los manantiales y fluye libremente en las corrientes de agua. Por ello hemos solicitamos que el agua procedente de los manantiales de Benzú no se mezcle con el H20 producida en la planta desalinizadora y que se restauren las fuentes de agua existente en la ciudad. El agua de los manantiales y de las fuentes naturales localizadas en distintos puntos de Ceuta tendría que estar disponible, de  manera libre y gratuita, para todos los habitantes de la ciudad.


                              Imagen de al-Khidr y Alejandro Magno, junto al pez de "Moises"

sábado, 9 de marzo de 2013

¡LA FIESTA DE LA VIDA!

Cualquier persona dotada de un mínimo de sensibilidad no puede menos que estremecerse cuando se entera que una persona ha decidido quitarse la vida, agobiado por los frecuentes problemas económicos que están provocando la crisis. En el prólogo de su autobiografía, Lewis Mumford comenta que él nunca quiso verse arrastrado por el nihilismo suicida de nuestra civilización y, aunque muchos vieron en él a un profeta de la fatalidad, luchó valiéndose de su pluma por la “Renovación de la Vida”. Para Mumford la vida es el bien central y la fuente de todos los otros bienes: la vida en todas sus manifestaciones orgánicas, e incluso en sus desalentadoras contradicciones y sus tragedias. La vida, según Mumford, no abarca sólo el amor, el coraje, la cordialidad humana y la alegría, sino también la alienación, la frustración y el dolor.
             Lewis Mumford reconocía que el concepto de “vida” no puede ser embalado en una sola frase o incluso en un solo libro. Prefiero explicitar el profundo significado de este término a partir de la experiencia vital de un compañero suyo en la Universidad de Stanford, el profesor Jeffrey Smith. Su colega y amigo había luchado durante toda su vida contra viento y marea, criando una numerosa familia, mientras que apenas podía mantener la cabeza fuera del agua por los abultados gastos económicos que soportaba con su limitado sueldo de profesor universitario. Según narra Mumford, “si un hombre tenía derecho a estar desalentado o amargado respecto a su destino, parecería haber sido ese hombre. Sin embargo, nunca se desesperó. Ocurrió entonces que enfermó de gravedad. Un poco antes de morir, Mumford le encontró en muy mal estado de salud, con una dolencia que ya no podía ser combatida o  paliada.  La conversación con su extrañable compañero terminó con una frase, se puede decir de despedida, que conmovió a Mumford y nunca olvidaría: "Sí, hijo mío", le dijo el Prof. Smith. "Mi hora ha llegado. La fiesta de la vida se acabará pronto".
¡La fiesta de la vida!, repite Mumford. Esta frase, según cuenta, “pronunciada por un hombre que se había enfrentado, -en más ocasiones de lo habitual-, a las penurias y las miserias de la vida y que parecía haber disfrutado muy poco de sus dones, es una afirmación que debe confundir a mil nihilismos”. La existencia del Prof. Smith era un ejemplo de la necesidad de aceptar la vida, tanto en sus aspectos positivos como negativos. Su amigo puso de manifiesto que ningún aspecto de la vida es demasiado mezquino, repugnante o vil para no ser tenido en cuenta como parte del significado y valor de la vida. Como dijo Plotino era mejor, incluso para un animal, haber vivido y sufrido, antes que nunca haber vivido en absoluto.  
            Lewis Mumford tuvo que hacer frente a un acontecimiento muy trágico: “en la Segunda Guerra Mundial, "la fiesta de la vida" fue arrebatada a nuestro hijo demasiado pronto,  a la edad de diecinueve años”. Lo único que conseguía consolarle era recordar que su hijo fue feliz y alcanzó momentos de plenitud vital. “Aunque fue lamentable tal muerte prematura, con todo había conocido muchos momentos de satisfacción”. Disfrutar de la “fiesta de la vida”, aún cuando este cargada de amargos momentos y hondas tristezas, es mucho mejor que enfrentarse al proceso de descomposición mental que tiene lugar en aquellos que nunca conscientemente han saboreado el festín de la vida”. Un tipo de persona, caracterizada por una “vida no vivida”, que “toman su venganza, ahora hundiéndose en la dócil aceptación de su rutina carcelaria, ahora  erupcionando en las fantasías y actos de violencia insensata”. Las personas, en definitiva, que se convierten en los autores reales de la fatalismo que empuja a muchos a acabar, demasiado pronto, con ¡LA FIESTA DE LA VIDA!.


                                 LEWIS MUMFORD Y SU HIJO GEDDES